Bucarest se entiende mejor por capas que por estilos. En pocas calles aparecen el comercio del casco viejo, los palacios bancarios de la Belle Époque, la ciudad monárquica, las cicatrices de las dictaduras del siglo XX y la capital contemporánea. El Diario 1935–1944 de Mihail Sebastian añade a esas fachadas algo que la arquitectura no puede conservar: conversaciones, miedo, música, exclusiones y vida cotidiana.
Ocho paradas para leer Bucarest
Las once fotografías analizadas se integran en una ruta histórica y literaria. No se muestran imágenes no identificadas o no estudiadas.
- Mihail Sebastian.El diario que convierte la ciudad en experiencia humana.
- Covaci y Franceză.Gremios, comercios y arquitectura del casco viejo.
- El Bucarest financiero.Dacia-România, Banco Nacional y Palacio de la Bolsa.
- Palacio CEC.La gran cúpula de Strada Stavropoleos.
- Dâmbovița y Piața Națiunilor Unite.Puentes, casas históricas y palacios de los años veinte.
- Piața Revoluției.Carol I, la biblioteca y las capas políticas de la plaza.
- Palacio del Parlamento.Monumentalidad, demoliciones y reutilización institucional.
- Una ciudad y varias épocas.Cómo cambia el recorrido después de leer a Sebastian.
Mihail Sebastian y el Bucarest de su Diario (1935–1944)
El Diario de Mihail Sebastian es una de las obras más valiosas para comprender el Bucarest de entreguerras y de los años de la Segunda Guerra Mundial. Escrito entre 1935 y 1944, combina vida cotidiana, literatura, música, relaciones personales y observación política. Su fuerza reside precisamente en esa mezcla: la historia no aparece como un acontecimiento lejano, sino entrando poco a poco en cafés, teatros, apartamentos, redacciones y conversaciones privadas.
Sebastian —nacido Iosif Hechter en 1907, escritor, periodista y abogado judío rumano— comienza el diario cuando todavía participa plenamente en la vida cultural de la capital. Lee a Proust, Balzac o Shakespeare, escucha obsesivamente a Bach, Beethoven y Mozart, acude al teatro, escribe críticas y frecuenta a escritores e intelectuales. Es el Bucarest cosmopolita y burgués de los años treinta, el mismo que todavía puede reconocerse detrás de muchas de las fachadas monumentales de Calea Victoriei y del casco histórico.
El Bucarest elegante de Calea Victoriei
Las fotografías del Palacio CEC, Piața Revoluției, la Biblioteca Carol I y los grandes edificios de Calea Victoriei muestran el escenario urbano en el que se desenvolvía Sebastian.
Durante un tiempo llegó a vivir en un apartamento de Calea Victoriei, en un piso elevado desde el que contemplaba la ciudad moderna. Su mundo estaba compuesto por teatros, conciertos, periódicos, cafés, librerías y reuniones intelectuales. El Ateneo Rumano aparece asociado a su pasión por la música; allí podía escucharse a Bach o Beethoven mientras, a pocas calles, se discutía de literatura y política.
Ese ambiente corresponde al Bucarest que había querido presentarse desde finales del siglo XIX como una gran capital europea: edificios afrancesados, bancos monumentales, hoteles, salas de conciertos y amplias avenidas. Es el Bucarest que justificó el sobrenombre de “Pequeño París”.
Pero el Diario muestra el reverso de esa imagen.
La política entra en la vida cotidiana
Uno de los aspectos más inquietantes del libro es que la transformación no ocurre de manera repentina. Durante años continúan los conciertos, las cenas, los enamoramientos y las conversaciones literarias mientras aumenta progresivamente el antisemitismo.
Sebastian pertenecía a un círculo intelectual en el que figuraban algunos de los nombres más importantes de la cultura rumana. Sin embargo, algunos amigos, profesores y escritores fueron acercándose a posiciones nacionalistas y antisemitas vinculadas a la extrema derecha rumana.
El episodio que anticipa esta ruptura se produjo incluso antes del comienzo del diario. En 1934 Sebastian publicó la novela De două mii de ani (Desde hace dos mil años). Su antiguo maestro, el filósofo Nae Ionescu, escribió para ella un prólogo abiertamente antisemita. Sebastian, a pesar del contenido, decidió publicarlo. La polémica que siguió mostró hasta qué punto el antisemitismo había penetrado en ambientes intelectuales que se consideraban sofisticados y europeos.
Por eso el Diario resulta especialmente perturbador: la barbarie no aparece desde fuera de la cultura, sino también dentro de ella.
Lipscani, los bancos y la contradicción de la modernidad
Las fotografías del Banco Nacional, el Palacio de la Bolsa y el Palacio Dacia-România muestran otro elemento fundamental del Bucarest de Sebastian.
A finales del siglo XIX y principios del XX, esta zona se había convertido en el gran centro financiero de la capital. Las antiguas posadas y calles de comerciantes dieron paso a bancos, compañías de seguros y bolsas de valores. Las fachadas monumentales simbolizaban una Rumanía moderna, económicamente ambiciosa y plenamente integrada en la cultura europea.
Sin embargo, el Diario muestra una contradicción fundamental: la modernización económica y cultural no impidió la radicalización política.
Mientras los bancos funcionaban, los teatros estrenaban obras y las salas de conciertos permanecían abiertas, los judíos rumanos fueron perdiendo gradualmente derechos y oportunidades. Sebastian fue expulsado de organizaciones profesionales, encontró crecientes dificultades para publicar y ejercer determinadas actividades y acabó siendo apartado de buena parte de la vida cultural oficial.
Después de leer el Diario, los grandes edificios financieros de Lipscani adquieren así otro significado. Ya no hablan solamente de prosperidad y modernización; recuerdan también que una sociedad arquitectónicamente moderna podía convivir con mecanismos crecientes de exclusión.
1940: el Bucarest comienza a oscurecerse
El gran punto de inflexión llega en 1940.
La situación política rumana se radicaliza, el general Ion Antonescu asume el poder y se forma durante unos meses el llamado Estado Nacional Legionario junto a la Guardia de Hierro. Se multiplican las leyes antijudías, las confiscaciones y la violencia.
El tono del diario cambia.
Sebastian continúa escribiendo sobre libros, música o relaciones personales, pero ahora esas páginas aparecen interrumpidas continuamente por noticias de nuevas prohibiciones, rumores de deportaciones, registros y violencia.
Esta combinación constituye uno de los elementos más poderosos del libro: la vida cotidiana no desaparece cuando comienza la persecución. Continúa coexistiendo con ella.
Un día aparece Bach. Al siguiente, una disposición antijudía. Después una discusión sentimental. Después noticias sobre violencia política.
La catástrofe avanza dentro de la normalidad.
Calea Victoriei durante el pogromo de 1941
La conexión con las imágenes de Calea Victoriei se vuelve especialmente intensa durante la rebelión legionaria y el pogromo de Bucarest de enero de 1941.
Sebastian describe una ciudad radicalmente distinta de la capital cosmopolita de unos años antes. Aparecen calles desiertas, patrullas militares, tanques, disparos y noticias de incendios y asesinatos.
La elegante Calea Victoriei de palacios, cafés y hoteles se transforma momentáneamente en un espacio militarizado.
La geografía permanece, pero su significado cambia por completo.
Ese contraste ayuda a comprender la dimensión histórica de las fotografías: los mismos edificios que hoy parecen representar una época tranquila y elegante fueron también testigos de una ciudad atravesada por violencia política, antisemitismo y guerra.
La música como refugio
A pesar de todo, Sebastian continúa leyendo y escuchando música.
La presencia de Bach es casi constante. También aparecen Beethoven, Mozart y numerosos autores literarios. A medida que el espacio público se vuelve más hostil, la cultura parece adquirir para Sebastian una importancia cada vez más íntima.
No se trata simplemente de entretenimiento. La música y la literatura constituyen una forma de preservar un espacio interior cuando el mundo exterior se vuelve progresivamente amenazante.
Esta dimensión permite relacionar especialmente el Diario con el Ateneo Rumano y el Bucarest cultural situado alrededor de la actual Piața Revoluției. Los conciertos, las bibliotecas y los teatros no eran elementos decorativos de la ciudad: formaban parte esencial de la vida intelectual de personas como Sebastian.
Piața Revoluției antes de ser Piața Revoluției
La actual Piața Revoluției pertenecía también al mundo de Sebastian, aunque entonces se conocía como Piața Palatului, la Plaza del Palacio.
Allí estaban el Palacio Real, la Fundación Universitaria Carol I —actual Biblioteca Central Universitaria— y, muy cerca, el Ateneo Rumano.
Las fotografías muestran hoy un lugar asociado sobre todo a la Revolución de 1989, pero para Sebastian aquel espacio representaba otra Rumanía: la monarquía, la cultura universitaria y la capital afrancesada anterior al comunismo.
En este punto conviene separar claramente las épocas. Sebastian murió mucho antes de la dictadura de Ceaușescu y de los acontecimientos de 1989. Sin embargo, el recorrido urbano permite observar cómo un mismo espacio fue acumulando distintos significados políticos.
Primero fue escenario de la monarquía. Más tarde quedó integrado en la capital comunista. Finalmente se convirtió en uno de los principales escenarios de la caída del régimen en diciembre de 1989.
El Palacio del Parlamento: una ciudad que Sebastian no conoció
El Palacio del Parlamento pertenece a otra época completamente distinta.
Sebastian nunca llegó a conocer ese edificio ni el gigantesco proyecto urbanístico que lo rodea. Su construcción comenzó en los años ochenta, varias décadas después de su muerte.
Sin embargo, su presencia permite completar la historia urbana iniciada en las fotografías del casco antiguo.
El Bucarest de Sebastian todavía estaba compuesto en gran medida por barrios, calles estrechas, casas, iglesias, cafés y distancias relativamente humanas. La transformación de la época de Ceaușescu introdujo una escala completamente diferente: grandes demoliciones, avenidas monumentales y enormes edificios estatales.
Por eso el Palacio del Parlamento funciona casi como un epílogo arquitectónico del recorrido: muestra una ciudad posterior que transformó radicalmente parte del Bucarest que Sebastian había conocido.
El final de la guerra
En agosto de 1944, el régimen de Antonescu cae y Rumanía abandona su alianza con la Alemania nazi.
Para Sebastian termina finalmente el periodo de persecución que había dominado los últimos años de su diario. Sobrevive al fascismo, a las leyes antijudías, a la guerra y al peligro de deportación.
Pero su historia termina de manera inesperadamente trágica.
El 29 de mayo de 1945, pocos meses después del final de la guerra en Europa, Mihail Sebastian murió atropellado por un vehículo en Bucarest mientras se dirigía a la universidad para impartir una conferencia sobre Balzac.
Tenía 37 años.
Las fotografías como escenario del Diario
El conjunto de fotografías permite reconstruir visualmente buena parte del mundo que rodeó a Sebastian.
Lipscani y el Banco Nacional representan el Bucarest financiero y comercial.
Calea Victoriei y el Palacio CEC, la capital elegante y afrancesada.
El Ateneo y la Fundación Carol I, el Bucarest cultural en el que la música y la literatura ocupaban un lugar central.
Las calles del casco antiguo, el Bucarest cotidiano de cafés, comerciantes y edificios superpuestos durante generaciones.
Y Piața Palatului, actual Piața Revoluției, conecta la Rumanía monárquica que Sebastian conoció con las transformaciones políticas que vendrían después.
El Diario proporciona aquello que las fotografías no pueden mostrar: las personas que caminaban por esas calles, sus conversaciones, sus miedos y sus contradicciones.
Por eso resulta especialmente útil leer ambos testimonios conjuntamente.
Las fotografías muestran el Bucarest físico.
Sebastian muestra el Bucarest humano.
Y la principal lección del Diario quizá se encuentre precisamente en la distancia entre ambos. Las fachadas monumentales podían seguir en pie, los conciertos continuar, los cafés permanecer abiertos y los tranvías seguir recorriendo la ciudad mientras, casi imperceptiblemente al principio, el mundo político y moral que rodeaba a sus habitantes se iba deteriorando.
La ciudad aparentemente seguía siendo la misma.
Pero para Sebastian, cada vez era una ciudad distinta.
Calles, gremios y palacios del casco antiguo
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Strada Covaci: el Bucarest de comerciantes y artesanos
Muy bien, gente, detengámonos aquí un momento, porque esta calle resume muy bien la historia del Bucarest antiguo.
La calle que tenemos delante es Strada Covaci, en pleno Centrul Vechi, el casco histórico. Estamos muy cerca de la antigua Curtea Veche, la corte principesca alrededor de la cual fue creciendo el Bucarest medieval. De hecho, el área de Covaci está catalogada como zona arqueológica del centro histórico.
Ahora mirad el suelo, las fachadas y, sobre todo, lo estrecha que es la calle. Esto no tiene nada que ver con las grandes avenidas monumentales que hemos visto antes. Aquí estamos en el Bucarest de los comerciantes, los artesanos, las tabernas y los pequeños talleres.
Y el nombre de la calle nos da una pista. Covaci está relacionado con la palabra tradicional para herrero. Como ocurría en muchas ciudades medievales, los distintos oficios tendían a concentrarse por calles. Por eso, muy cerca encontramos nombres como Șelari, vinculada a los talabarteros o fabricantes de sillas de montar, o Blănari, relacionada con los peleteros. Es como si el plano del casco antiguo conservara todavía el directorio comercial del Bucarest de hace siglos.
Imaginad esta misma calle hace doscientos años. No habría bares con carteles de cerveza ni aparatos de aire acondicionado. Habría talleres abiertos hacia la calle, mercancías, carros, comerciantes entrando y saliendo y el ruido de los artesanos trabajando. Algunas calles de esta parte de Bucarest llegaron incluso a estar pavimentadas con tablones y vigas de madera antes de que se generalizara la piedra. Las excavaciones arqueológicas alrededor de la cercana Piața Sfântul Anton han encontrado restos de aquellas vías de los siglos XVII y XVIII.
Ahora fijaos en lo que vemos en la fotografía. Los adoquines, las fachadas estrechas y altas y esa sucesión irregular de edificios todavía nos permiten imaginar aquella ciudad comercial. Pero encima de esa capa histórica se ha colocado otra: terrazas, pubs, restaurantes, hostales, anuncios de cerveza… Hoy esta zona es uno de los grandes espacios de ocio del centro de Bucarest. Tras décadas de deterioro, muchas calles y edificios del casco antiguo fueron recuperándose y la zona volvió a llenarse de actividad.
Y Covaci tiene además una historia que a los rumanos les encanta contar.
Por aquí, en el número 3, hubo en el siglo XIX una famosa taberna regentada por Iordache Ionescu, conocida como La Iordache o La o idee. Y según una de las leyendas gastronómicas más famosas de Bucarest, fue allí donde nacieron los mici o mititei, esos pequeños cilindros de carne picada a la parrilla que encontraréis por toda Rumanía.
La historia cuenta que una noche el establecimiento se quedó sin tripas para preparar salchichas. Como los clientes seguían pidiendo comida, Iordache habría puesto directamente sobre la parrilla la mezcla de carne, sin envoltura. Y de aquella improvisación habrían nacido los mititei, literalmente ‘los pequeñitos’.
¿Es exactamente así como ocurrió? Conviene tomarlo como tradición popular más que como un hecho demostrado: existen preparaciones similares en otras cocinas balcánicas y la autoría de la receta se discute. Pero la asociación entre Covaci, el restaurante de Iordache y los mici forma parte desde hace mucho tiempo del folclore gastronómico de Bucarest.
Y mirad ahora otra vez la fotografía. Está tomada en un momento muy tranquilo, probablemente cuando los locales todavía no han cobrado vida. Eso resulta casi engañoso: Covaci cambia completamente según la hora. Durante el día podemos fijarnos en los edificios, los adoquines y los detalles históricos; al llegar la noche, esta parte del casco antiguo se llena de terrazas, música y gente.
Eso es precisamente lo interesante de esta calle. No estamos contemplando un casco histórico convertido en museo. Seguimos viendo una calle que ha cambiado de función muchas veces: de zona vinculada a artesanos y comerciantes, a lugar de tabernas y vida bohemia, y finalmente a una de las calles de ocio del Bucarest contemporáneo.
Así que cuando caminéis por aquí, no miréis solamente los restaurantes. Levantad la vista hacia los pisos superiores. Detrás de los carteles, los cables, las marquesinas y los aparatos de aire acondicionado todavía aparece el esqueleto del viejo Bucarest mercantil.
Y desde aquí estamos a pocos minutos de Curtea Veche, la iglesia de Stavropoleos, Lipscani y el Palacio CEC. Es decir, las fotografías de este recorrido no muestran lugares aislados: todas recorren, prácticamente a pie, distintas capas de la historia del corazón de Bucarest.
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Strada Franceză 17: una casa de 1867 bajo los rótulos del presente
Muy bien, fijaos ahora en esta esquina, porque aunque a primera vista pueda parecer simplemente otro rincón lleno de restaurantes del casco viejo, estamos delante de un edificio histórico bastante interesante.
La casa que vemos ocupa el número 17 de Strada Franceză, justo en la esquina con Strada Șelari. Está protegida como monumento histórico, y el registro oficial rumano la fecha en 1867.
Ahora levantad la vista y olvidad por un momento los carteles de kebab, el cambio de divisas y los comercios de la planta baja. Mirad los pisos superiores. Ahí aparece el edificio original: ventanas altas rematadas por arcos, pilastras decorativas, frontones triangulares, relieves vegetales y, arriba del todo, una mansarda con pequeñas buhardillas curvas. Es una arquitectura muy propia del Bucarest burgués de la segunda mitad del siglo XIX, muy influida por los modelos franceses.
Y fijaos también en algo que parece insignificante: la esquina está cortada en diagonal. No termina formando un ángulo recto. Ese recurso permitía abrir visualmente los cruces y crear una fachada principal precisamente en la esquina, algo muy habitual en la arquitectura urbana europea de aquella época. Una investigación histórica sobre esta casa la identifica tradicionalmente como la Casa Pencu y destaca precisamente su rica decoración y esa solución de esquina.
Pero para comprender realmente este lugar tenemos que mirar también las calles.
La que pasa delante de nosotros es Strada Franceză, una de las vías históricas de Bucarest. Sabemos documentalmente que en 1659 se la llamaba Ulița Domnească, es decir, algo parecido a ‘la calle del príncipe’, porque estaba relacionada con la cercana corte principesca. Más tarde se convirtió en Ulița Ișlicarilor, después en Strada Franceză, luego en Strada Carol I, durante el comunismo en 30 Decembrie, y finalmente recuperó el nombre de Strada Franceză en 2007.
Así que imaginad la cantidad de historia que ha pasado por exactamente este punto.
Y ahora mirad hacia la calle estrecha que se introduce a la derecha. Esa es Strada Șelari. Su nombre también nos cuenta cómo funcionaba el antiguo Bucarest. Los șelari eran los artesanos que fabricaban sillas de montar, correas, riendas y otros elementos para los caballos. En el centro antiguo muchas calles adoptaron el nombre del gremio que trabajaba en ellas.
Por tanto, hace trescientos años esta zona no habría sido un distrito turístico. Habríamos encontrado comerciantes, talleres, carros, caballos, aprendices y mercancías entrando y saliendo de la ciudad. Estábamos muy cerca de Curtea Veche, la antigua corte principesca, de modo que este era uno de los lugares de mayor actividad económica de Bucarest.
Y ahora volved a mirar la planta baja de la casa.
Tenemos un restaurante de kebab, un establecimiento de cambio de moneda, carteles luminosos… y encima de todo eso, una casa protegida del siglo XIX. Puede parecer una contradicción, pero en realidad es una magnífica imagen del Bucarest contemporáneo: la ciudad histórica no está congelada en el tiempo. Los edificios antiguos han cambiado de función una y otra vez.
De hecho, el establecimiento de kebab que aparece en la fotografía estuvo registrado precisamente en Strada Franceză 17, lo que permite localizar con bastante precisión el lugar desde el que se tomó la imagen.
Y hay otro detalle interesante. Strada Franceză no es simplemente una colección de edificios antiguos aislados: la propia calle está protegida como conjunto histórico y arqueológico. Las excavaciones han encontrado diferentes fases de la vieja ciudad, y los estudios arqueológicos explican que a finales del siglo XIX se introdujeron aquí alcantarillado, pavimentación y nuevas alineaciones de edificios, transformando definitivamente aquella calle medieval en una calle burguesa moderna.
Así que quedaos con esta imagen: abajo tenemos el Bucarest del siglo XXI; encima, el del XIX; y bajo los adoquines, todavía quedan restos del Bucarest de los siglos XVII y XVIII.
Y eso es precisamente lo fascinante del casco viejo: aquí no tenemos una sola ciudad. Tenemos varias ciudades construidas unas encima de otras.
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Palatul Dacia-România: seguros, comercio y monumentalidad
Muy bien, detengámonos aquí un momento y levantemos la vista, porque este edificio es uno de esos que explican perfectamente cómo Bucarest pasó de ser una ciudad comercial balcánica a convertirse en una capital europea del siglo XIX.
Lo que tenemos delante es el Palatul Dacia-România, el antiguo Palacio de la compañía de seguros Dacia-România. Estamos en Strada Lipscani 18–20, en pleno casco histórico, muy cerca del Banco Nacional y de Strada Stavropoleos. El edificio ocupa prácticamente una manzana entre Lipscani, Smârdan y Stavropoleos.
Pero antes de hablar de su historia, fijaos simplemente en la fachada.
Mirad esa esquina redondeada. El arquitecto podía haber resuelto el cruce con una esquina convencional, pero decidió convertirlo en la parte más espectacular del edificio. Grandes columnas recorren verticalmente la fachada; entre ellas aparecen esculturas, guirnaldas y medallones con bustos, y por encima de todo se levanta esa pequeña cúpula curvada, coronada por una figura escultórica. Es casi como si el edificio quisiera obligarnos a mirar hacia arriba.
Y eso no es casualidad.
A finales del siglo XIX, los bancos y las compañías de seguros competían también mediante la arquitectura. No bastaba con decir: ‘somos una empresa sólida’. Había que parecer una empresa sólida. Por eso estos edificios están cargados de piedra, columnas, esculturas y referencias a la Antigüedad clásica. Todo debía transmitir riqueza, estabilidad, cultura y confianza.
El palacio comenzó a construirse en 1882, después de que la compañía de seguros Dacia-România comprara este terreno, y las obras se prolongaron hasta 1889, aunque gran parte estaba terminada hacia 1885–1886. Curiosamente, no conocemos con absoluta certeza al autor del proyecto: algunas fuentes lo atribuyen al arquitecto austriaco Adolf Lang, pero el propio Museo de Bucarest advierte de que la autoría no está definitivamente establecida.
Ahora fijaos en las figuras de la fachada.
En este tipo de edificios, las esculturas no se colocaban simplemente porque fueran bonitas. Representaban conceptos como el Comercio, la Industria, la Agricultura o la Justicia. Es decir, estamos contemplando prácticamente una declaración de principios esculpida en piedra: el mundo económico de la nueva Rumanía quería presentarse como moderno, ordenado y próspero.
Y mirad especialmente los bustos dentro de los medallones. Junto con las columnas, las hojas, las guirnaldas y las figuras sentadas de la parte inferior, producen esa extraordinaria densidad decorativa que se aprecia en la fotografía. Es un edificio que cuanto más se mira, más detalles aparecen.
Ahora viene una parte muy interesante.
Imaginad que pudiéramos borrar este palacio de la fotografía y retroceder unos doscientos años.
Aquí encontraríamos la llamada Biserica Grecilor, la Iglesia de los Griegos, y junto a ella el Hanul Grecilor, la Posada de los Griegos. Un han era mucho más que una posada: normalmente combinaba alojamiento, almacenes, talleres y tiendas alrededor de un patio interior. Eran fundamentales en el Bucarest comercial.
El Hanul Grecilor llegó a ser uno de los grandes establecimientos de este tipo de la ciudad. Pero durante el siglo XIX fue deteriorándose y terminó siendo demolido entre 1861 y 1863. Unos veinte años después, la compañía Dacia-România compró el solar y levantó el edificio que estamos contemplando.
Y esto nos permite entender algo fundamental del casco antiguo de Bucarest: las capas de la ciudad se sustituyen unas a otras. Primero tenemos iglesias, posadas y comerciantes; después aparecen compañías de seguros, bancos y grandes sociedades financieras; y hoy encontramos restaurantes, cafeterías, galerías y espacios culturales.
De hecho, hay otro capítulo bastante sorprendente relacionado con este edificio. Durante el siglo XIX estuvo vinculada a esta dirección la redacción del periódico Timpul, uno de los periódicos importantes de la época, en el que trabajó el gran poeta rumano Mihai Eminescu. Por eso el palacio no pertenece solamente a la historia económica de Bucarest, sino también a su memoria cultural.
Ahora quiero que os fijéis en otra cosa de la fotografía: el contraste entre arriba y abajo.
Arriba tenemos columnas monumentales, alegorías, bustos, una cúpula y toda la solemnidad de finales del XIX. Abajo encontramos grafitis, cafeterías, carteles, terrazas y palmeras en macetas.
Y, en cierto modo, esa combinación es muy Bucarest.
El casco histórico no funciona como una ciudad-museo perfectamente restaurada en la que todo pertenece a una única época. Aquí la arquitectura monumental convive con negocios modernos, intervenciones recientes y huellas de décadas de abandono y transformación.
Actualmente el edificio pertenece al Municipio de Bucarest, que lo adquirió en 2013, y está destinado a convertirse en sede de la Pinacoteca de Bucarest, integrada en el Museo del Municipio. El palacio está además protegido como monumento histórico dentro del conjunto arquitectónico de Strada Lipscani.
Así que antes de seguir andando, mirad una última vez hacia la cúpula.
Hace un rato veíamos calles de artesanos como Covaci y Șelari. Aquí estamos solamente a unos minutos andando, pero hemos avanzado varios siglos en la historia de la ciudad. Hemos pasado del Bucarest de los gremios y las posadas al Bucarest de las compañías de seguros y las grandes finanzas.
Y eso es lo extraordinario del Centrul Vechi: no hace falta entrar en un museo para seguir la historia de la ciudad. Basta con caminar unos cien metros y mirar las fachadas.
Banco Nacional, Dacia-România y el Palacio de la Bolsa
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Muy bien, fijaos ahora en estas tres fotografías, porque juntas nos permiten entender uno de los rincones más interesantes del Bucarest financiero de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
En la primera imagen estamos mirando por Strada Smârdan hacia uno de los edificios más espectaculares de esta zona: el antiguo Palatul Bursei, el Palacio de la Bolsa y de la Cámara de Comercio.
Mirad su silueta. Aunque la calle es estrecha y apenas nos deja espacio para contemplarlo, el edificio parece querer dominarla por completo. Arriba tenemos esa enorme cubierta abombada, llena de óculos y remates ornamentales; debajo, un gran arco monumental sostenido por columnas corintias. Y justo bajo el arco aparece un conjunto escultórico cargado de simbolismo económico: la Industria y Mercurio, el dios romano del comercio. No podía haber decoración más apropiada para una bolsa de valores.
El palacio fue proyectado por el arquitecto rumano Ștefan Burcuș y construido en los primeros años del siglo XX; la primera piedra se colocó en 1908 y el edificio quedó terminado hacia 1911-1912. Aquí funcionaron la Bolsa de Bucarest y la Cámara de Comercio, en una época en la que la capital estaba desarrollando rápidamente un auténtico distrito financiero.
Imaginad por un momento esta misma calle hacia 1910. Por aquí pasarían comerciantes, corredores, banqueros y empresarios; se discutirían precios, créditos, importaciones y contratos. No estamos en el Bucarest de los artesanos que veíamos en Covaci o Șelari. Hemos entrado ya en el Bucarest del capital, las compañías de seguros y los grandes bancos.
Y hay algo muy bonito en esta perspectiva: el palacio está prácticamente encajado dentro de la ciudad antigua. No tiene delante una gran plaza ceremonial como podría tener un edificio semejante en París o Viena. Aquí aparece de repente al final de una calle estrecha. Por eso parece todavía más monumental.
Después de la Segunda Guerra Mundial cambió completamente de función. En 1955 pasó a albergar la Biblioteca Central del Estado, posteriormente integrada en la Biblioteca Nacional de Rumanía. Hoy el inmueble vuelve a estar relacionado con la Cámara de Comercio y continúa protegido como monumento histórico.
Ahora avancemos unos metros y pasemos a las otras dos fotografías.
Aquí estamos en Strada Lipscani, y prácticamente nos encontramos en el corazón del antiguo distrito bancario de Bucarest.
A la derecha de la segunda fotografía, y ocupando casi toda la tercera, está el Vechiul Palat al Băncii Naționale a României, el Antiguo Palacio del Banco Nacional de Rumanía.
Detengámonos delante de él.
Fijaos en la diferencia con el Palacio de la Bolsa. Aquí la decoración sigue siendo muy rica, pero la composición es mucho más ordenada y solemne. Grandes columnas, ventanas perfectamente alineadas, esculturas, frontones y una cubierta de inspiración francesa. Todo transmite una sensación de equilibrio y autoridad.
El Banco Nacional de Rumanía había sido fundado en 1880, y poco después compró este solar en Lipscani para levantar una sede acorde con la nueva importancia de la institución. El edificio fue proyectado por los arquitectos franceses Cassien Bernard y Albert Galleron, con participación de arquitectos rumanos, y quedó terminado en 1890.
Y aquí tenemos una historia magnífica escondida bajo el edificio.
Antes del Banco Nacional estaba en este lugar el Hanul Șerban Vodă, una de las grandes posadas comerciales del antiguo Bucarest, construida en el siglo XVII. Un han funcionaba casi como una pequeña fortaleza mercantil: tenía habitaciones, almacenes, tiendas, patios y espacios donde los comerciantes podían guardar con seguridad sus mercancías.
Es decir, este lugar estaba relacionado con el dinero y el comercio mucho antes de que existiera el banco. Primero llegaban comerciantes con carros y cofres; dos siglos después llegaron empleados con libros de cuentas y cajas fuertes. El edificio cambió, pero la función económica del lugar continuó.
Ahora fijaos en la tercera fotografía. Aquí vemos mejor la enorme fachada del Banco Nacional.
Observad especialmente el cuerpo central, con sus columnas corintias gigantes. La intención era muy clara: esto tenía que parecer un templo. Pero no un templo religioso; un templo dedicado a la estabilidad monetaria y a la nueva economía del Estado rumano.
Este tipo de arquitectura era muy común en los grandes bancos europeos del siglo XIX. Si una institución custodiaba el dinero de un país, su edificio tenía que comunicar tres cosas antes incluso de entrar: seguridad, permanencia y autoridad.
Y ahora mirad al otro lado de la calle, en la segunda fotografía.
El edificio de la izquierda, donde vemos los carteles de Art Safari, es el Palatul Dacia-România, que ya aparecía en una fotografía anterior, aunque desde un ángulo diferente.
Fue construido entre 1882 y 1889 como sede de la compañía de seguros Dacia-România. Ocupa una gran parcela entre Lipscani, Smârdan y Stavropoleos, justo enfrente del Banco Nacional.
Y esto resulta muy revelador: en apenas unos metros tenemos un banco nacional, una importante compañía de seguros y, muy cerca, la Bolsa y la Cámara de Comercio.
Por eso este sector del casco antiguo llegó a convertirse prácticamente en el Wall Street del Bucarest de finales del XIX.
Pero también debajo del Dacia-România existe otra ciudad anterior. Antes del palacio estuvieron aquí la Biserica Grecilor —la Iglesia de los Griegos— y el Hanul Grecilor, una enorme posada mercantil. El conjunto fue desapareciendo durante el siglo XIX y finalmente dejó paso al palacio de la compañía de seguros.
Así que pensad en la transformación.
En los siglos XVII y XVIII, esta zona estaba llena de posadas, mercancías, comerciantes y carros. En la segunda mitad del XIX, las posadas desaparecen y en sus solares aparecen bancos, compañías de seguros y grandes instituciones financieras. Y a principios del XX llega además el Palacio de la Bolsa.
En apenas dos o tres manzanas podemos seguir físicamente la modernización económica de Rumanía.
Y hay un último detalle que me gustaría que observarais en las fotografías: la escala humana de las calles frente a la escala monumental de los edificios.
Smârdan y Lipscani siguen siendo calles relativamente estrechas, heredadas de una ciudad mucho más antigua. Pero sobre ellas aparecen palacios gigantescos concebidos para una capital moderna. El resultado es esta sensación tan particular de Bucarest: caminamos por una calle casi medieval y, de repente, levantamos la vista y tenemos delante una fachada digna de París o Viena.
Así que, si seguimos nuestro recorrido desde aquí, podríamos decir que acabamos de atravesar el antiguo corazón financiero de Bucarest: primero la gran compañía de seguros Dacia-România, después el Banco Nacional y, unos pasos más allá, la Bolsa.
Tres edificios, construidos en apenas unas décadas, que cuentan una misma historia: cómo Bucarest quiso dejar atrás la ciudad de comerciantes y posadas para convertirse en una capital financiera europea moderna.
Palatul CEC desde Strada Stavropoleos
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Muy bien, fijaos un momento en el edificio que tenemos justo enfrente. Ese gran palacio coronado por una enorme cúpula de cristal es el Palatul CEC, uno de los edificios más emblemáticos de Bucarest.
Estamos en Strada Stavropoleos, en pleno casco histórico, y desde aquí tenemos una de las mejores perspectivas del palacio. Fijaos en el contraste: nosotros estamos en una calle estrecha, relativamente oscura, con adoquines y edificios antiguos, y al fondo aparece este enorme edificio iluminado, casi como si cerrara la calle.
El Palacio CEC fue construido entre 1897 y 1900 para albergar la principal caja de ahorros del país. El arquitecto fue el francés Paul Gottereau, que trabajó en varios edificios importantes de Bucarest. Y esto explica bastante bien ese aire parisino que tiene la ciudad en algunos rincones.
Ahora levantad un poco la mirada. Lo más espectacular es, naturalmente, la gran cúpula de vidrio y metal. Esa cúpula cubre el espacio central del edificio y permitía que entrara mucha luz natural. No era solamente un adorno: formaba parte de la organización interior del palacio.
Y fijaos también en la entrada. Está diseñada casi como un arco de triunfo, con enormes columnas a ambos lados y una decoración escultórica muy abundante. La idea era transmitir solidez, seguridad y prosperidad. Al fin y al cabo, estamos hablando de una institución financiera: el edificio tenía que convencer al ciudadano de que su dinero estaba en buenas manos.
Pero aquí hay algo que a mí me gusta especialmente contar. Antes de que existiera este palacio, en este mismo solar había un antiguo conjunto religioso, relacionado con el monasterio de Sfântul Ioan cel Mare. Así que, aunque ahora veamos un gran edificio de finales del siglo XIX, debajo de nuestros pies hay una historia mucho más antigua.
Y la calle desde la que estamos mirando tampoco es casual. Strada Stavropoleos recibe su nombre de la célebre iglesia Stavropoleos, situada unos pasos detrás de la gente. Ya aparece documentada en el siglo XVII y formaba parte de un barrio donde existió una importante comunidad griega.
Si estuviéramos haciendo la visita a pie, aquí haría girar a la gente 180 grados: detrás encontraríamos la diminuta y exquisita iglesia de Stavropoleos, y muy cerca, Caru' cu Bere. Después volveríamos a mirar hacia el CEC. En apenas unos centenares de metros tendríamos tres Bucarest distintos: el religioso y mercantil del siglo XVIII, el comercial del XIX y este Bucarest monumental y francófilo de alrededor de 1900.
Volved ahora a mirar hacia la cúpula. Esta imagen que tenemos delante explica perfectamente por qué, durante una época, Bucarest recibió el sobrenombre de ‘el pequeño París’. No porque toda la ciudad pareciera París, sino porque en determinados barrios y grandes avenidas se buscó deliberadamente una arquitectura elegante, monumental y muy europea.
Y desde este punto, además, estamos a un paso de Calea Victoriei, una de las grandes arterias históricas de la ciudad. Así que, si seguimos caminando por aquí, vamos a ir viendo cómo Bucarest cambia de época casi de una esquina a la siguiente.
Piața Națiunilor Unite: de las casas del XIX a los palacios de entreguerras
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La pasarela sobre el Dâmbovița y las casas históricas
Muy bien, detengámonos junto al río Dâmbovița y fijaos en lo que aparece al otro lado de la pasarela. Esta fotografía es interesante porque reúne varias capas del Bucarest histórico.
La fachada blanca ornamentada y las casas ocres de primer plano pertenecen al conjunto antiguo de Splaiul Independenței, frente al Dâmbovița. El registro oficial de monumentos incluye en este tramo una casa en Splaiul Independenței 2H–2L, datada entre finales del siglo XIX y comienzos del XX y protegida como monumento histórico. Por la perspectiva de la imagen, la fachada blanca y los edificios contiguos parecen corresponder a ese pequeño conjunto, aunque no es prudente asignar con total seguridad cada número de portal únicamente a partir de la fotografía.
Su decoración es muy característica del Bucarest de alrededor de 1900: estuco abundante, pilastras, molduras, balcones de hierro y frontones curvos, una mezcla ecléctica de inspiración francesa que explica en parte el antiguo apodo de Bucarest, Micul Paris —«el pequeño París». La casa blanca es especialmente llamativa por el gran óculo circular del remate y por la profusión de relieves; las casas vecinas conservan una arquitectura parecida, aunque mucho más deteriorada.
La cúpula que asoma al fondo a la izquierda sí se puede identificar con bastante seguridad: es el Palatul CEC, en Calea Victoriei 13. Fue proyectado por el arquitecto francés Paul Gottereau, con la obra dirigida por Ion Socolescu, y terminado en 1900. Su elemento más reconocible es precisamente esa gran cúpula de vidrio y metal.
Eso hace que la fotografía sea casi una pequeña síntesis del Bucarest anterior a las grandes transformaciones del siglo XX: casas relativamente bajas de finales del XIX junto al río y, detrás, los grandes palacios monumentales de Calea Victoriei.
Además hay un detalle curioso: el registro patrimonial de ese mismo tramo identifica también el inmueble de Splaiul Independenței 2J, de la primera mitad del siglo XX, y el Palacio de la sociedad de seguros Adriatica, en el 2K. Es decir, prácticamente toda esa manzana contiene edificios catalogados.
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Los dos palacios que enmarcan la entrada a Calea Victoriei
Imaginad que estamos detenidos junto al río Dâmbovița, mirando hacia Piața Națiunilor Unite, justo en el punto donde comienza una de las calles más famosas de Bucarest: Calea Victoriei. La fotografía muestra una de las entradas más teatrales al centro histórico de la ciudad.
A ambos lados de la calle aparecen dos enormes edificios de los años veinte. Son casi una pareja arquitectónica y sus siluetas con terrazas y columnatas se convirtieron en símbolos de esta plaza. La zona se conoció antiguamente como Piața Senatului y, más tarde, como Piața Operetei, porque aquí estuvo el Teatro de Opereta de Bucarest.
A la derecha, el edificio coronado por esa espectacular rotonda circular es el Palatul Agricola-Fonciera. Si os fijáis, la parte superior parece un pequeño templo clásico suspendido sobre el edificio: es una glorietă, una terraza monumental rodeada de columnas. El palacio está catalogado oficialmente como monumento histórico en Calea Victoriei 2 y data de alrededor de 1927. Fotografías antiguas muestran incluso el nombre Agricola escrito sobre esta misma fachada y permiten reconocer perfectamente su característica rotonda.
En la fachada hay otro detalle que desde la calle pasa fácilmente inadvertido: relieves relacionados con el mundo agrícola, entre ellos las figuras de un pastor y un agricultor. No son una decoración casual; aluden a la compañía para la que fue construido el inmueble.
A la izquierda tenemos el otro gran protagonista, asociado históricamente a la compañía de seguros Adriatica-Trieste. Su coronación es distinta: en vez de la glorieta circular del vecino, posee una larguísima galería rectangular de columnas. Lo que podría parecer un piso destruido o abandonado fue concebido precisamente como una terraza monumental abierta al cielo. Un estudio histórico de urbanismo de Bucarest sitúa ambos edificios en 1926 y atribuye el Agricola-Fonciera a Paul Smărăndescu y el Adriatica-Trieste a Petre Antonescu, dos nombres importantes de la arquitectura rumana de aquel periodo.
Hay, por cierto, una pequeña trampa para aficionados a la historia de Bucarest: los nombres y las atribuciones de estos dos edificios han sido intercambiados muchas veces en publicaciones y páginas sobre la ciudad. Incluso especialistas locales han señalado expresamente esta confusión histórica. Por eso es más seguro reconocerlos visualmente: el Agricola-Fonciera es el de la derecha, con la gran corona circular; el otro gran bloque, a la izquierda, tiene la glorieta longitudinal.
Arquitectónicamente estamos en el Bucarest de entreguerras, cuando la capital quería proyectar una imagen decididamente europea. Mirad la mezcla: columnas y frontones clásicos, balcones, esculturas, esquinas curvas y una monumentalidad casi parisina, pero ya aparecen composiciones más geométricas que anuncian el Art Déco. La obra de Petre Antonescu de esta zona ha sido descrita precisamente como una transición francesa entre el Art Nouveau y el Art Déco.
Y ahora viene lo mejor de la fotografía: el hueco entre los dos palacios es Calea Victoriei. Si camináramos por ahí, en muy pocos minutos llegaríamos al Palacio CEC, al actual Museo Nacional de Historia de Rumanía, a Stavropoleos y al corazón del casco antiguo. Es como si estos dos edificios formaran una monumental puerta de entrada al Bucarest histórico.
La fotografía también captura muy bien una característica de la ciudad: la grandeza arquitectónica y el deterioro conviven casi pared con pared. Fachadas ennegrecidas, aparatos de aire acondicionado, comercios improvisados y anuncios modernos se superponen a palacios concebidos hace un siglo. Esa mezcla, más que un decorado perfectamente restaurado, es muy característica del Bucarest real.
Y hay un bonito enlace con la fotografía anterior: aquella pasarela verde y las casas del siglo XIX estaban prácticamente al lado. Desde dos ángulos distintos se contempla el mismo pequeño sector del Dâmbovița donde el Bucarest decimonónico se encuentra con el monumental Bucarest de los años veinte.
Piața Revoluției y la Biblioteca Central Universitaria “Carol I”
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Muy bien, detengámonos aquí, porque hemos llegado a uno de los lugares donde la arquitectura y la historia contemporánea de Bucarest se cruzan de una manera especialmente intensa.
Estamos en Piața Revoluției, la Plaza de la Revolución, sobre Calea Victoriei. Hasta 1989 era conocida como Piața Palatului, la Plaza del Palacio. El nombre actual recuerda los acontecimientos de diciembre de 1989 que pusieron fin al régimen comunista de Nicolae Ceaușescu.
Ahora mirad primero el gran edificio de la derecha. Es la Biblioteca Central Universitaria “Carol I”, y antes de ser biblioteca universitaria fue la Fundația Universitară Carol I, creada por el primer rey de Rumanía para ofrecer a los estudiantes un lugar de estudio y una biblioteca permanentemente accesible.
El edificio fue proyectado por un arquitecto que ya conocemos de nuestro recorrido: el francés Paul Gottereau, autor también del Palacio CEC y de trabajos en el antiguo Palacio Real. Las obras comenzaron en 1891, el edificio quedó terminado en 1893 y la fundación fue inaugurada solemnemente en 1895. Más tarde, entre 1911 y 1914, Gottereau amplió el conjunto con nuevas salas y un gran auditorio.
Ahora fijaos en su arquitectura.
¿Veis esas grandes columnas, las fachadas curvas y las enormes cubiertas abombadas de pizarra? Todo responde al gusto ecléctico y neoclásico de inspiración francesa que convirtió esta parte de Bucarest en una capital de aspecto extraordinariamente occidental a finales del siglo XIX. La rotonda de la biblioteca está precisamente en el punto donde se articulaba el edificio original.
Pero antes de continuar, mirad la figura que tenemos delante.
El hombre a caballo es Carol I, primer rey de Rumanía. Y aquí aparece una de esas historias en las que los monumentos casi parecen participar en los cambios políticos del país.
En este mismo lugar existió anteriormente otra estatua ecuestre de Carol I, obra del célebre escultor Ivan Meštrović. Después de la abolición de la monarquía, aquella estatua fue retirada y destruida por las autoridades comunistas. Décadas después se decidió recuperar el monumento del rey en la plaza. La estatua que vemos hoy es una obra nueva del escultor rumano Florin Codre, colocada nuevamente en el emplazamiento histórico en torno a 2010-2011.
Y ahora os pediría que mirarais de nuevo hacia la biblioteca, porque lo que ocurrió aquí en diciembre de 1989 fue dramático.
Durante los enfrentamientos de la Revolución, el edificio quedó envuelto en llamas. El incendio destruyó más de medio millón de volúmenes, entre ellos alrededor de 12.000 libros especialmente valiosos y cerca de 3.700 manuscritos vinculados a grandes figuras de la cultura rumana, como Mihai Eminescu, Caragiale o Mircea Eliade. La propia biblioteca describe aquellos días diciendo que las llamas transformaron los libros en cenizas y los muros en ruinas.
Así que el edificio que vemos hoy es también, en buena medida, una reconstrucción. Los trabajos comenzaron en 1990, con ayuda y cooperación internacional bajo el impulso de la UNESCO, y la recuperación se prolongó durante años. La restauración terminó devolviendo a la biblioteca su aspecto monumental.
Ahora ampliemos un poco la mirada.
Aunque en la fotografía no aparece completo, al otro lado de la plaza se encuentra el antiguo Palacio Real, hoy sede principal del Museo Nacional de Arte de Rumanía. Y muy cerca están también el Ateneo Rumano y el histórico Athénée Palace. En otras palabras, estamos en uno de los conjuntos urbanos más monumentales de la capital.
Pero lo verdaderamente singular de esta plaza es que aquí conviven dos relatos completamente diferentes de la historia rumana.
Por una parte tenemos el Bucarest monárquico de finales del XIX: Carol I, su fundación universitaria, el Palacio Real y una arquitectura inspirada en París.
Y por otra, exactamente en el mismo espacio, tenemos la historia del 22 de diciembre de 1989.
Al otro lado de la plaza se encuentra el antiguo edificio del Comité Central del Partido Comunista Rumano. El 21 de diciembre Ceaușescu pronunció allí su último gran discurso público; al día siguiente, él y Elena Ceaușescu abandonaron el edificio en helicóptero mientras el régimen se desintegraba.
Por eso esta plaza no es simplemente bonita.
Es casi un libro de historia abierto.
Podemos situarnos junto a la estatua de un rey derribada durante el comunismo y posteriormente recuperada; contemplar una biblioteca creada por ese mismo rey, incendiada durante la caída del régimen comunista; y, a unos pocos metros, ver el edificio desde el que Ceaușescu trató de dirigirse por última vez a la multitud.
Y fijaos también en la luz de la fotografía. El sol ilumina justamente la Biblioteca Carol I y deja el resto de la plaza bastante más oscuro. Esa luz hace que destaquen todavía más las cúpulas, las columnas y la estatua ecuestre.
Si estuviéramos haciendo esta visita a pie, aquí nos quedaríamos unos minutos más.
Porque Piața Revoluției es uno de los pocos lugares de Bucarest donde podemos explicar casi un siglo entero de historia rumana sin movernos prácticamente del sitio: monarquía, modernización, régimen comunista, Revolución de 1989 y reconstrucción de la ciudad contemporánea.
Y cuando terminemos de mirar la plaza, no tendríamos más que continuar por Calea Victoriei: en muy pocos minutos pasaríamos del Bucarest político que tenemos aquí al Bucarest cultural del Ateneo Rumano.
Palacio del Parlamento
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Muy bien, gente, detengámonos aquí un momento y mirad bien lo que tenemos delante, porque esto no es simplemente un edificio grande: estamos ante el Palacio del Parlamento de Bucarest, conocido durante mucho tiempo como la Casa del Pueblo.
Y os aseguro que, por muy grande que parezca en la fotografía, en directo impresiona todavía más.
Fijaos en la escala. Las ventanas parecen normales… hasta que uno se da cuenta de que cada una pertenece a una fachada gigantesca, levantada sobre una sucesión interminable de arcos, columnas, cornisas y cuerpos escalonados. Todo en este edificio está pensado para transmitir poder, monumentalidad y control.
Este palacio empezó a construirse en la década de 1980, en tiempos del régimen de Nicolae Ceaușescu, dentro de un gigantesco proyecto urbano que transformó por completo esta parte de la ciudad. Para abrir espacio al edificio y a la gran avenida que lo acompaña —el actual Bulevardul Unirii— se demolieron barrios enteros, calles históricas, iglesias y miles de viviendas. Así que, cuando miramos este palacio, no vemos solo una obra arquitectónica: vemos también una de las intervenciones urbanas más radicales de la historia de Bucarest.
Ahora fijaos en el estilo.
No es un palacio antiguo en sentido estricto, aunque pueda parecerlo a primera vista. Su arquitectura mezcla neoclasicismo monumental, academicismo francés y elementos de inspiración historicista, todo reinterpretado en clave oficial y gigantesca. Es decir: parece un edificio del siglo XIX, pero en realidad es una creación tardía del siglo XX, concebida para glorificar al Estado y al régimen.
La arquitecta principal fue Anca Petrescu, que dirigió un enorme equipo de arquitectos, ingenieros y diseñadores. Se utilizaron cantidades inmensas de materiales rumanos: mármol, maderas, tapices, alfombras, bronce, cristal… La idea era que el edificio simbolizara la autosuficiencia y la grandeza nacional que el régimen quería proyectar.
Y aquí viene uno de los datos que siempre sorprenden a los visitantes: el Palacio del Parlamento es considerado uno de los edificios administrativos más grandes y pesados del mundo. Tiene centenares de salas, grandes salones ceremoniales, escalinatas monumentales y varios niveles subterráneos. De hecho, aunque desde fuera ya parece inmenso, una parte importante del complejo sigue oculta a la vista.
Ahora imaginad por un momento el contraste con el resto del Bucarest que hemos ido viendo en las fotografías anteriores.
Antes paseábamos por el casco antiguo, entre calles estrechas, palacios bancarios, iglesias y edificios del siglo XIX. Aquí, en cambio, estamos en otro universo urbano: el Bucarest del poder absoluto, de las perspectivas gigantescas y de la planificación autoritaria. Si el centro histórico creció poco a poco durante siglos, esta zona fue impuesta casi de golpe, como una declaración política hecha en piedra.
Y, sin embargo, hay algo muy interesante: hoy el edificio tiene una función completamente distinta a la que inspiró su construcción.
Actualmente alberga el Parlamento de Rumanía y también otras instituciones, además de espacios visitables. Es decir, un edificio concebido para representar el poder de una dictadura terminó convertido en sede de la vida parlamentaria de una Rumanía democrática. Esa transformación le da al lugar una carga histórica muy especial.
Mirad también el entorno de la fotografía: el edificio se alza por encima de los árboles y domina todo el paisaje. Esa distancia no es casual. El palacio no fue pensado para integrarse en la ciudad como un edificio más; fue pensado para dominarla visualmente.
Y si estuviéramos haciendo la visita a pie, aquí diríamos algo muy sencillo: este lugar gusta o no gusta, pero nunca deja indiferente. Algunos lo ven como una obra desmesurada y traumática; otros, como una pieza arquitectónica fascinante por su escala. Pero todos coinciden en que es uno de los símbolos inevitables de Bucarest.
Así que quedaos con esta idea: si el Palacio CEC, el Banco Nacional o la Plaza de la Revolución nos hablaban del Bucarest elegante, financiero o monárquico, el Palacio del Parlamento nos habla del Bucarest del siglo XX tardío, del comunismo, de la megalomanía política y de la capacidad de la ciudad para reinventar incluso sus espacios más difíciles.
Y eso, precisamente, es lo que hace tan interesante a Bucarest: en muy pocos kilómetros pasamos del Bucarest medieval al afrancesado, del financiero al revolucionario, y de ahí a este coloso del poder estatal.
Las fotografías como escenario del Diario
Las fotografías muestran el Bucarest físico.
Sebastian muestra el Bucarest humano.
Covaci y Franceză representan la ciudad de los gremios y del comercio. Dacia-România, el Banco Nacional y la Bolsa muestran la conversión del centro en distrito financiero. El Palacio CEC resume la ambición afrancesada de alrededor de 1900. Piața Națiunilor Unite introduce el monumental Bucarest de entreguerras. Piața Revoluției superpone monarquía, cultura, comunismo y 1989. Y el Palacio del Parlamento pertenece ya a una operación urbana posterior que Sebastian nunca llegó a conocer.
El Diario proporciona aquello que las fotografías no pueden mostrar: las personas que caminaban por esas calles, sus conversaciones, sus miedos y sus contradicciones.
Y la principal lección del Diario quizá se encuentre precisamente en la distancia entre ambos. Las fachadas monumentales podían seguir en pie, los conciertos continuar, los cafés permanecer abiertos y los tranvías seguir recorriendo la ciudad mientras, casi imperceptiblemente al principio, el mundo político y moral que rodeaba a sus habitantes se iba deteriorando.
La ciudad aparentemente seguía siendo la misma.
Pero para Sebastian, cada vez era una ciudad distinta.
Fuentes principales utilizadas
La identificación de edificios y los datos históricos se han contrastado con instituciones culturales, patrimoniales y académicas. Los enlaces permiten ampliar la información y comprobar posibles cambios de uso o visita.
- Humanitas · Mihail Sebastian, Jurnal, 1935–1944
- United States Holocaust Memorial Museum · Rumanía, 1940–1944
- Muzeul Municipiului București · Historia del Palatul Dacia-România
- Uniunea Arhitecților din România · Palacio Viejo del Banco Nacional
- Camera de Comerț și Industrie a Municipiului București · Palatul CCIB / Palatul Bursei
- Biblioteca Centrală Universitară “Carol I” · Historia de la institución y del edificio
- AGERPRES · Bucarest, 21–22 de diciembre de 1989
- Cámara de Diputados · Edificio del Palacio del Parlamento
- Cámara de Diputados · Uranus y la transformación urbana del entorno del Parlamento
- Primăria Municipiului București · Estudio histórico urbano y patrimonial
- Ministerul Culturii / Primăria București · Lista Monumentelor Istorice
- AGERPRES · Historia del Palacio CEC
- AGERPRES · Piața Națiunilor Unite
- Radio România Cultural · Historia de Strada Covaci
Preguntas sobre Bucarest y el recorrido
¿Qué relación tiene el Diario de Mihail Sebastian con Bucarest?
El Diario 1935–1944 registra la vida cultural de la capital y, al mismo tiempo, la progresiva exclusión de los judíos rumanos. Cafés, redacciones, teatros, conciertos y calles del centro forman el escenario cotidiano de ese testimonio.
¿Qué edificios del centro histórico aparecen en las fotografías?
El recorrido incluye el Palacio CEC, el Palatul Dacia-România, el Palacio Viejo del Banco Nacional, el Palatul Bursei, edificios de Piața Națiunilor Unite, la Biblioteca Central Universitaria “Carol I” y el Palacio del Parlamento.
¿Por qué Bucarest recibió el apodo de “Pequeño París”?
El apodo se relaciona con la modernización de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando arquitectos y promotores adoptaron lenguajes eclécticos y Beaux-Arts de fuerte inspiración francesa en palacios, bancos y edificios residenciales.
¿Qué tiene de especial Strada Covaci?
Su nombre conserva la memoria de los antiguos herreros y artesanos del casco viejo. La calle resume la transformación del Bucarest gremial en un espacio contemporáneo de restaurantes, bares y alojamientos.
¿Dónde está el antiguo centro financiero de Bucarest?
En el entorno de Lipscani, Smârdan, Stavropoleos e Ion Ghica se concentran el Palacio Viejo del Banco Nacional, el Palatul Dacia-România y el Palatul Bursei, piezas clave del Bucarest financiero de finales del XIX y comienzos del XX.
¿Qué ocurrió con la Biblioteca Carol I en 1989?
Durante la Revolución de diciembre de 1989 el edificio sufrió un incendio devastador que destruyó más de medio millón de volúmenes y miles de manuscritos. Fue reconstruido y reabierto posteriormente.
¿Qué conviene comprobar antes de visitar el Palacio del Parlamento?
Los horarios, requisitos de identificación y condiciones de acceso pueden cambiar. La información práctica debe verificarse en la web oficial del Centro Internacional de Conferencias de la Cámara de Diputados.
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